Monday, November 22, 2004

El silencio del viento

Los ojos de una mirada que en su origen pudo ser humilde obligó al pequeño cuerpo, rígido como hombre de disciplina, vigilar en todas direcciones. Ser el vigía constante que trajo a su memoria una y otra vez, ese pensamiento, esa sensación extraña.

De haber hecho caso a ese sentido común que no respetó demasiado, habría guardado silencio, habría bajado la cabeza. Del otro lado, como en una vieja fotografía, el cielo oscureciendo la barranca se cubre con las encimadas nubes, el aire zumba por el resumidero de agua, en el mismo suelo que da nombre a la superficie y en tiempo de lluvias todavía se escucha por debajo de la tierra, como el encuentro del silencio que persigue al tren por las noches.

Sin voltear para mirar a la voz de mando, pensó en la verdad de ese ideal por convertir la tierra en progreso, de traducir el mundo en un instante. Con modesta apariencia continuó con su silenciosa actividad, aparentando fijamente colocar los ojos en todos lados.

La vida nos tiene un camino a todos: aunque es fácil conducir en otro, por el hecho de existir dos. En sus dudas tampoco eran respuesta las palabras de su padre; se rehusaba en creer que la vida fuera simple. Escondiendo la sonrisa lloró al acordarse de aquellas bolitas iguales al vidrio que adquirían, junto al par de trenzapelo, un valor preciado como la sangre roja entre las niñas de su resquebrajada infancia. Sus lágrimas cayeron en el gastado color del maquinof verde olivo, comprado con dinero de la raya, pero lejos de la tienda en las minas.

Con la oferta de atravesar la puerta que de madrugada se ofrece con el encanto de la flor de hierbabuena, llegó a estas tierras. Sus ojos se desbarrancaron por el suelo para borrar las grietas de aquellas minas de mármol, para hundir con fuerza la punta de su bota militar raspando el piso, en acto reflejo entre lo excitable y la ansiedad.

La noche de su ingreso en la reunión de célula, llovió a chorros, fue rápida y de reflexión posterior. Salieron sin saber todos que buscaban la libertad, confundidos entre las pierdas que crecen hasta el cerro.

El silencio de la muerte

Ya es costumbre esa confianza.
Me surge por las noches, siempre tratando de ser un testigo.
Así que no le regateo nada a nadie.
Y aunque descubro que somos tan frágiles y llenos de miedos, no es asomo que nuestras palabras sean tímidas como el ave que de una jaula obtiene su libertad, como el ladrido de los perros que comen los cuerpos tirados en los caminos de la violencia.
Es primitiva la historia del día de mi ocaso que prefieren no hablar de ella, no se atreven.
Respetan todavía el silencio que ofrece la muerte.
Todas las noches sueño a saber que nada está ocurriendo, que no es mi muerte la que se anuncia, sino una farsa en la que a dios le roban los zapatos.